lunes, 14 de diciembre de 2009

El día en que decidí ser veterinario. (Erick de Jesús)


El invierno ha empezado a cobrar sus primeros rosales y el parpadeo de las luces multicolores hacían que de vez en cuando me atontara al voltear a mi derredor.

Sandy, la perra que mi padre nos había dado de regalo navideño cinco inviernos atrás, estaba a punto de parir su primera camada. A mi madre no le parecía la idea de que Sandy tuviera descendencia, pero ya era adulta y mi padre decía que debía tener cachorros, es por eso que nos dimos a la tarea de buscarle un buen partido para que fuese el padre de sus hijos. No hubo que buscar mucho, la vecina tenía un perro que a veces rondaba por la puerta principal de la mansión en busca de Sandy.

Lolis, mi hermana mayor, decía que hacían una pareja muy romántica, que parecían unos novios de la época colonial porque sólo podían verse a través de las rejas y bueno, ella también decía sólo consumarían su amor el día que nuestros padres dieran la autorización. Y fue así como Sandy y Louis, el perro de la vecina, hicieron bien su tarea o al menos eso fue lo que dijo papá.

Se veía hermosa la Sandy balanceando su pancita por toda la casa. Mis hermanos y yo empezamos a hacer quinielas para saber cuántos cachorritos iba a tener. Mario, el menor, dijo que cinco. Lolis dijo que ocho y yo dije que con dos eran más que suficientes. Mi madre en cambio dijo que lo mejor sería que no tuviera cachorros, pero como tenían que nacer dijo que no importaba cuántos le salieran a la perra lo que ella quería es que no se lograra ninguno. Mi hermana Lolis, defensora de los animales casi por naturaleza, reclamó a mi madre su falta de sensibilidad, pero no obtuvo respuesta.

Con el paso de los días me empecé a dar cuenta de que a mi padre no le gustaba estar en casa y tal parecía que eso molestaba a mi madre porque cada vez que mi padre no llegaba a dormir los que desayunábamos, comíamos y cenábamos los gritos éramos nosotros. A veces comprendía a mi padre por no querer estar en casa. Cuando yo me iba a la escuela quería que las clases duraran todo el día para llegar sólo a dormir, pero no era así y más cuando m madre empezó a tomar la costumbre de interrumpir las clases y sacarnos casi a rastras de los salones.

Nunca voy a olvidar la primera vez que lo hizo. Ese día estábamos mostrando al profesor nuestros proyectos científicos para el concurso que año con año se realiza en la escuela. Ricardo, uno de mis compañeros de clases, había presentado un volcán que cuando hacía erupción, en vez de lava destilaba chocolate. Yo por el contrario, siguiendo las instrucciones de un libro de alquimia de mi padre, había intentado crear la piedra filosofal, cosa que resultó un fiasco porque el invento no funcionaba como lo había hecho en casa. Mientras intentaba repararlo, un portazo hizo que todos se quedaran en silencio, lo que agradecí porque sólo en silencio podría concentrarme más en reparar mi invento, pero de pronto un jalón hizo que todo cayera al suelo. Sentí como mis lágrimas caían al mismo tiempo que rebotaban en el piso cada una de las piezas de lo que me había costado noches de desvelo. El silencio continúo y sólo me vi arrastrado por mi madre por todo el pasillo del colegio. Me aventó en el asiento trasero cual maleta con harapos. De pronto el silencio se convirtió en gritos. Llegando a la casa me agarró de la oreja y me llevó hasta la guarida de Sandy y me reprimió por no haber limpiado los desechos de la perra.

Todo lo hice en automático. Más que por los golpes o por los gritos, lo hice porque no quería que Sandy estuviera sucia. Una vez terminada mi faena mi madre me volvió a jalar de la oreja, me subió nuevamente al auto y me regresó a la escuela. De un portazo volvió a irrumpir en el aula y me dejó sentado en la butaca que me había sido asignada. Hasta ese momento sólo había derramado un par de lágrimas por mi proyecto roto. Al ver las piezas distribuidas de forma aleatoria por el suelo, me levanté de la silla y empecé a levantarlas. Aunque mis compañeros y el profesor me hablaban, no podía escucharlos, ni siquiera responderles. Estaba ido, envuelto en mis pensamientos que nada tenían que ver con lo ocurrido con mi madre. Corrí hacia el baño con mi esfuerzo convertido en basura entre las manos. Me encerré en uno de los compartimientos y lloré.

Días después a Lolis le pasó lo mismo. A ella la regresaron porque no había tendido su cama, eso era lo que decía mi madre, porque a mí me consta que mi hermana todos los días al levantarse lo primero que hace es tender su cama. Creo que al que le iba peor era a Mario, a quien lo sacaron de Jardín de Niños, porque mi madre decía que ensuciaba mucha ropa y que las manchas de pintura eran difíciles de sacar.

Después de dos semanas de ausencia eterna, mi padre volvió a casa luego de un viaje de negocios. Trajo regalos para todos. También a mi madre le regaló un lindo vestido para la cena de navidad. Pero ella, en vez agradecerle con un beso. Se lo tiró en la cara diciéndole que un vestido no era suficiente para perdonarle que tuviera una amante. Nos gritó que nos fuéramos a nuestros cuartos. Y en concierto de gritos y reclamos duró aproximadamente tres o cuatro horas más. Dos días después de su llegada, mi padre volvió a salir de viaje diciendo que regresaba para la cena de navidad.

A penas salió de la casa y escuchamos el grito de mi madre que ordenaba que tendiéramos nuestras camas. Yo compartía cuarto con Mario quién a pesar de su corta edad intentaba tender su cama. Cuando terminé con la mía, le ayudé a tender la suya. Me di cuenta de que había mojado la cama así que corrí al armario por unas sabanas limpias. Pero cuando estaba a punto de cambiarlas, llegó mi madre y con una bofetada recriminó a mi hermanito por haber mojado la cama, le dijo que tenía que dormirse con las sabanas sucias hasta que aprendiera a no volver a mojarlas.

Esa fue la primera vez que le grité a mi madre. “Ya basta de desquitar con nosotros tu amargura”, eso fue lo que le dije y creo que fue lo peor, porque me golpeó tanto que me cerró un ojo e hizo que mi nariz consiguiera una fuga de sangre. Mientras me pegaba mi hermanito, lloraba y gritaba. Lolis entró al cuarto y pidió que me dejara en paz pero mi madre la mandó a su cuarto. Cuando mi madre se hartó se fue.

Como pude me puse de pie y fui con Mario, le dije que ya no llorara que yo no iba a dejar que nadie le pegara. No lloré. No tenía por qué y si hubiera llorado, hubiera sido por la tristeza que me causaba el ver a mi madre convertida en una fiera. Mientras mi mamá me pegaba, Lolis corrió a hablarle a mi papá pero cuando mi madre se dio cuenta, la agarró el pelo y la llevó a su cuarto. Oí que ella gritaba así que fui sin importarme que eso me pudiera costar otra tunda. Mi madre no estaba en el cuarto. Lolis estaba llorando amarrada en un extremo de la cama. Intenté desatarla, pero me rogó que no lo hiciera porque no quería que mi madre me volviera a pegar. Mario y yo la abrazamos y permanecimos así por un rato.

Nos trataba como animales y nos golpeaba en cualquier oportunidad que tenía, pero todo cambio el día de la cena de navidad. Muy sonriente mi madre desde muy temprano nos despertó y nos ayudó a arreglarnos. Estábamos ansiosos, a la espera de la llegada de papá. Pero una llamada nos avisó de que llegaría hasta la noche. Lolis y yo veíamos impaciente a Sandy quien desde la mañana había empezado a dar muestras de que quería parir. No nos acercábamos a la cocina porque mi madre nos pidió que no la molestáramos mientras preparaba la cena.

Lolis se quedó dormida en un camastro a orillas de la piscina mientras yo cuidaba a Sandy. La veía tan mal que decidí ir al botiquín por una de esas inyecciones que se ponía mi mamá cuando estaba muy enojada, una de esas que la dejaban dormida todo el día. Cuando subí al cuarto de mi madre, Sandy entró a la casa y ensucio con su patas el sofá que tanto le gustaba. Se puso mal, yo digo que rabiosa, porque cuando mi papá nos trajo a Sandy nos compró un libro donde venían las enfermedades que podían darle. La rabia era una de esas enfermedades. En el libro decía que al animal se le ponen los ojos rojos y saltones, que su expresión es poco amigable, que quiere morder a todos y que una mordida podía ser peligrosa. Ahí leí que habían muchos tipos de rabia y que lo mejor sería… bueno esa era la parte que me menos me gustaba.

Sandy recibió una patada en el vientre y salió de la casa aullando. Escuché que mi madre le dijo “no sé qué haces viva aun maldita perra, si lo que te di en la mañana era suficiente hasta para matar a una vaca”. Cuando vi que mi mamá estaba rabiosa corrí por la vacuna que el libro decía que era para... para eso. No me dio tiempo de cambiar la jeringa y donde había puesto la inyección para dormir de mi madre ahí mismo le puse la dosis que decía el libro. Iba bajando las escaleras cuando escuché lo que ya le dije. Ella me gritó que yo tenía la culpa de que estuviera sucio el sofá. Me agarró de los cabellos y me llevó al sofá gritándome que lo limpiara. Como siempre no lloraba ni nada, sólo la veía, creo que eso la molestó más porque empezó a darme de bofetadas.

Lolis había escuchado los gritos y corrió a la sala para ver qué estaba pasando. Ella vio cómo me golpeaba mi madre. Mi hermanita suplicaba para que me dejara en paz, pero ella seguía pegándome. Yo… yo la inyecté señor, decidí sacrificar al animal, antes de que nos siguiera haciendo más daño. Se quedó quieta y luego cayó al suelo. Sacó espuma por la boca. No cabe duda, tenía rabia.

Me quedé parado viéndola y ella con los ojos abiertos parecía que me veía también. Lolis buscó a Mario. Lo encontró dormido bajo su cama. Por cierto señor, ¿ya despertó mi hermanito? Es que tenía mucha hambre, mi mamá no le había dado de comer en todo el día, por eso se tomó la leche de Sandy. ¿Y Sandy? ¿Ya tuvo a sus cachorritos? ¿Y Lolis? ¿Ya llegó mi papá? Disculpe señor, le puedo pedir un favor, puede apagar las luces de colores es que me atontan cada vez que las veo. No sé por qué las ponen en navidad si son tan molestas. Bueno, creo que ya es tarde y me tengo que ir a dormir, para que Santa deje mis regalos, pero antes… yo sólo quiero decirle que yo no maté a nadie como todos ustedes dicen… lo que pasó es que decidí ser veterinario.

1 comentario:

Samuelósteles dijo...

Amigo, creo que las cosas llegan a veces con una sincronía encabronada, luego te digo por qué.

Tu texto encierra un montón de cosas wey, pero bueno, cuestión de reinterpretaciones.

Por una parte me gusta ese toque demente - inocente del personaje principal, como que da pie a la justificación de los hechos, pero creo personalmente que sobreexpusiste la analogía entre las perras, por decirlo de un modo y tomar partido de paso.

Bueno amigo, me despido, ya sabes, ahi está la casa, me gustaría que fueras para convivir con la banda gangrena un rato.

Saludos a la familia.

Wey, no quemes mis asuntos personales en el blog. No ves que estoy cocinando el acecho? Que tal que lo salas?